¿Qué hace que abandonemos una novela?
“Yo primero, para no pedir lo que no doy: El lobo estepario lo empecé y lo dejé como cinco veces. Cinco. Hasta que un día lo terminé, y ni siquiera sé qué cambió: si el libro, si yo, o si el momento. Desde entonces desconfío de mis propias deserciones.”
Primero, el momento
El mismo libro puede aburrirnos en una etapa de la vida y fascinarnos años después. No cambió el libro: cambiamos nosotros. Fernando lo resumió: lo escrito está ahí, no cambia; los que cambiamos somos nosotros. Y Paulo dio vuelta la pregunta: a veces es el libro el que lo elige a uno.
Después, el libro mismo
Historias que no avanzan. Tramas que dan vueltas. Exceso de descripción. Personajes con los que no se logra ningún vínculo. Cuando desaparece la curiosidad por saber qué viene después, muchos dejan de leer.
Leer exige energía
Cansancio, tristeza, falta de concentración. Hay momentos en que simplemente no tenemos cabeza para el libro que elegimos. Y razones prácticas: ediciones incómodas, traducciones que no funcionan, la letra microscópica de ciertos libros de bolsillo.
Nadie está solo
Cien años de soledad, Rayuela, Ulises, Los Miserables, 1984. Los grandes abandonados quedaron alguna vez a mitad de camino en una mesa de luz. Y casi nunca por una decisión solemne: el libro queda una noche sobre la mesa, y la vida sigue de largo.
Como escritora, me llevo algo que me gusta: mi responsabilidad es escribir el mejor libro que pueda. Después tengo que aceptar lo que ya no controlo: el encuentro entre ese libro y cada lector. Y quizá una novela abandonada no sea siempre una novela perdida. A veces simplemente llegó demasiado temprano.